De las cuatro paredes del squash a la libertad de las travesías en moto

Pablo de Grado, mejor jugador local de la actualidad, recorrió las pasadas Navidades el Atlas marroquí coincidiendo con la peor ola de frío y nieve

Si a Pablo de Grado le dieran la facultad de poder frotar la lámpara maravillosa, no eligiría el amor con la princesa y ni mucho menos la riqueza absoluta, como sucedió en la famosa historia de Aladino y el genio de las Mil y una Noches, sino dar la vuelta al mundo, no instalado en la comodidad de una autocaravana, ni por supuesto en coche o en avión, sino encima de una moto que le permitiera utilizar las rutas menos convencionales y a la vez que exigieran un mayor grado de aventura.

Así es quien fuera niño prodigio del squash noventero en unos años en los que llegó a mirar de frente al mismísimo tenis como el deporte de raqueta más practicado en nuestro país. Fue doble campeón de España sub’14 en 1990 y 1991 y otras dos veces subió al podio en la categoría sub’12. Pero aquella llama acabó apagándose progresivamente hasta extinguirse del todo cuando dejó nuestra ciudad para irse a cursar sus estudios universitarios a Madrid.

Fueron tres décadas de alejamiento total del deporte que le encumbró, hasta que hace hace un par de años, las casualidades de la vida hicieron que Pablo de Grado se reencontrara con sus orígenes, que en cuestión de deporte no eran otros que Olympia y el squash, a raíz de pasar por el quirófano para sanar una rodilla que había quedada maltrecha por un accidente de moto, la afición hacía la que enfocaba todas sus ansias de aventura.

El paso por el gimnasio le llevó a recuperar viejas amistades, entre ellas las de Julio Latorre, que por entonces estaba poniendo en marcha su actual proyecto de recuperar la práctica del squash en la ciudad. De repente, casi sin darse cuenta, se vio otra vez empuñando una raqueta y rememorando sensaciones que creía olvidadas. Quien tuvo, retuvo y la sorpresa para él fue que aún guardaba mucha de esa técnica que le llevó a ser un jugador diferencial.

Quedaba el paso de volver a competir y aquí se vio que su margen de mejora era muy grande. En la temporada de su regreso logró alzarse con el Máster de la Comunidad Valenciana de Segunda Categoría. Título y ascenso a la máxima división. En Primera se ha encontrado con una competición más física y exigente y con rivales diez, veinte y hasta treinta años más jóvenes que él. Aún así, cerró 2025 en el duodécimo puesto del ránking de la Comunidad Valenciana y como mejor jugador local de un deporte que ha resurgido con fuerza a nivel local, con una mezcla de jugadores veteranos y de sabia nueva que vienen pisando fuerte.

Pablo de Grado, pese a su aspecto de eterno adolescente, tiene 48 años y el mes que viene hará 49 y su ilusión sería estrenar el medio siglo de vida tratando de dar la campanada en el Campeonato de España Máster. Ahora mismo no sabe si lo intentará o se quedará en un escalón más abajo, como hobby y referente del nuevo club creado a nivel local bajo el nombre de Club Squash Olympia Mariola.

Mientras deshoja esa margarita sobre su futuro deportivo, estas pasadas Navidades sorprendía con su otra gran pasión, quizás incluso más intensa que el squash, que son las motos, especialmente las off-road, pero también ha probado otras disciplinas como el asfalto o los circuitos. Al revés que el squash, no fue hasta la treintena cuando fue totalmente independiente económicamente y pudo así comprarse una moto con su primer sueldo como dentista.

Desde entonces no ha parado, pero ha sido en los últimos tiempos cuando más se ha destapado esa vocación aventurera que no pudo disfrutar de joven por una cuestión familiar. Su lista de lugares visitados cada vez es más amplia y con una mayor dosis de aventura y rebeldía. Europa prácticamente se la ha recorrido toda o gran parte, incluidos países menos convencionales como Croacia, Eslovenia, Bosnia y Montenegro. Hace tres años estuvo en Pakistan realizando una travesía que le cautivó y está entre sus favoritas.

También ha recorrido el Himalaya indio y el verano pasado, junto a una pareja de alcoyanos, Luis Sainz y Patri Millán, atravesaron durante dos semanas en agosto la cordillera del Pamir, el sistema montañoso de Asia Central conocido como el Techo del Mundo, donde convergen mitos como el Himalaya o el Karakorum, extendiéndose principalmente por Tayikistán y Kirguistán, destacando por sus altitudes (pasos rozando los 5.000 m) y paisajes de una belleza extrema.

Este viaje precisamente le marcó mucho. Acostumbrado a ir acompañado, hubo algunas rutas que decidió hacerlas en solitario, experimentando a la vez una sensación inédita de libertad y de vulnerabilidad que le llevaron a plantearse el reto de intentarlo en el futuro sin acompañamiento. Para ello eligió su particular paraíso, que es Marruecos, un destino relativamente cercano al que tantas veces había recurrido para una de sus habituales escapadas. “Quise jugar en casa”, asegura por las muchas experiencias vividas en el vecino país.

La aventura comenzó en Nador, a pocos kilómetros de Melilla y el objetivo era atravesar la cordillera del Atlas, con pasos por encima de los 4.000 metros y terminar en el desierto. Todo en su CFMoto 450MT, de fabricación china, mucho más ágil y ligera que la KTM o la BMW de gran cilindrada que completan su particular garaje motero.

El plan era pasar Navidad en casa y salir al día siguiente y volver el 4 de enero, incluyendo el Fin de Año en ruta. Todo cerrado y bien atado, con contactos locales y kit de supervivencia para cualquier emergencia. En lo que no contó Pablo de Grado fue en la climatología. “Cuando vas al Atlas y más en estas fechas, sabes que puede nevar y va hacer mucho frío, pero lo que no te imaginas es que vas a encontrarte con la peor ola de frío y nieve de los últimos veinte años. Nevó en lugares que hacía mucho tiempo que no caía un copo de nieve y hubo muchas carreteras que estaban intransitables, primero por la gran nevada que cayó y al día siguiente por el hielo y el barro”, recuerda.

“Ir a Marruecos –añade– siempre es sinónimo de aventura. Por muy preparado que vayas, por muy estudiado que lo tengas todo, siempre hay algo que te sorprenderá. Es parte de la aventura y lo asumes”. Al primer día de pisar territorio marroquí tuvo que cambiar de planes. El problema no fue solo la nieve y el frío, también el fango, que le obligó a prescindir de algunas de las etapas que había preparado. “Hubo un día que me quedé tirado por la nieve. Llegué a un pueblo donde todos los albergues estaban llenos. Tuve que suplicar quedarme, aunque fuera en un sofá y me dieron mantas para tumbarme en el suelo de una habitación que tenían cerrada. Al día siguiente no pude salir de lo mucho que había nevado. Ha sido una experiencia increíble que me anima a hacer más viajes en solitario. Esa barrera que antes tenía, la conseguí superar en esta travesía por el Atlas. Eran días agotadores por la tensión acumulada de estar en permanente alerta por miedo a caerte en un lugar donde por allí no pasa nadie en días, pero con la satisfacción de superar mentalmente ese muro de ir todo el tiempo en solitario y sin saber que podía pasar en el siguiente kilómetro”. Pablo de Grado desconoce qué le deparará el futuro, pero ha puesto su mirada en recorrer toda Sudamérica como próximo gran reto.