La odisea de los Naumov
Con tres hijos, Tania y Alexander huyeron de Ucrania tras una invasión que nadie creía posible en pleno siglo XXI
Todos sabemos lo espantoso de la invasión rusa a Ucrania. Una de sus consecuencias fue la crisis humanitaria que se produjo y que España ayudó a paliar acogiendo a miles de refugiados y en la que Alcoy, como no podía ser de otra forma, también puso su granito de arena al abrazar sin reservas algunas de las historias rotas que esta terrible e injusta invasión provocó.
Hoy la familia Naumov, a través del relato de sus experiencias, miedos y esperanzas, nos irá ilustrando sobre lo que ninguno de nosotros querría vivir cual es el abandonar su hogar, su país, a fuerza de bombas.

EL PORQUÉ DE UN ÉXODO
“Éramos una familia de clase media normal, feliz en nuestra vida diaria. Vivíamos en la capital –dice Tania, que es quien llevará la voz cantante– Alex trabajaba y yo trataba de ayudar dando clases de inglés, ya que el cuidado de los niños no me dejaba trabajar a tiempo completo. Nuestra vida se basaba en los niños ya que teníamos muy poca familia y vivían lejos de Kiev. Sin embargo, aquél 24 de febrero todo cambió y las bombas nos cayeron literalmente encima”
–¿Pero sabíais que la invasión podía suceder? le comento.
“Digamos que sí, semanas antes se hablaba de que podía suceder, pero no nos lo creíamos nadie. ¿En pleno siglo XXI una invasión armada? Era demasiado fuerte para que fuese posible”. Se detiene y en pocos instantes la voz se le corta y se le humedecen los ojos. “Disculpa, me cuesta mucho recordar aquellos tiempos sin que me afecten las emociones. Fueron días de angustia, incluso de terror por lo que pudiera sucederle a nuestros hijos. Nos tuvimos que refugiar en el metro con el grave problema de que Artur, el pequeñín de un año, enfermó y se puso con cuarenta grados de fiebre mientras por encima de nosotros los tanques circulaban por las calles. No sabíamos qué hacer, no teníamos ropa ni casi alimentos. ¡Ay madre mía! –exclama angustiada– al final nos refugiamos en casa de un amigo a las afueras de la ciudad porque tenía una especie de búnker abandonado, lleno de suciedad y moho, y hacía mucho frío. No podíamos resistir aquello, no por nosotros, sino por los niños; verlos sufrir nos destrozaba y pensábamos en el peligro que corríamos con los bombardeos. Al final decidimos que lo mejor era abandonar el país, pues mucha gente lo estaba haciendo. Con mucha suerte Alex consiguió un taxi, pasamos por casa y recogimos algo de ropa y nos fuimos a la estación central. Allí la situación era terrible, pues todos queríamos coger un tren que nos llevara fuera de Ucrania y nadie respetaba a nadie. Casi perdemos a Kati –de nuevo sus lágrimas afloran– un señor quería ayudarme y la subió al tren pero yo no pude hacerlo y le grité “deja a mi niña, deja a mi niña”. Fueron momentos terribles porque creía que la perdíamos. Queríamos ir a Polonia, pero al final subimos a un tren con las luces apagadas que nos llevó a Eslovaquia. Allí estuvimos tres días y la gente nos ayudó mucho con comida y medicinas para los niños”.
ESPAÑA Y UNA FRASE
“De joven –continua Tania– había leído mucho sobre España y me gustaba mucho el país, su gente, su clima. Además una amiga me dijo que el gobierno español tenía planes para ayudar a los refugiados, así que cogimos un tren y tras dos días de viaje llegamos a Barcelona, sin conocer a nadie. Finalmente decidimos viajar a una ciudad que tuviera mar, Alicante, pues una señora nos había dicho: allí no te harás rica, pero serás feliz”. Y sabes, –me dice– tenía razón”.
“En la estación de Alicante, la Cruz Roja nos acogió y junto con otras familias ucranianas nos alojó en un hotel de San Juan a la espera de destino. Estuvimos casi un mes y allí se produjo un hecho que hasta la fecha ha marcado nuestro destino. Resulta que se presentó una persona diciendo que era de una asociación, Tareg de ayuda a refugiados de guerra, radicada en Alcoy, una ciudad cercana, y que pretendía acoger a una familia ucraniana completa. Como para entenderse con los que estaban allí hablaba en inglés, me llamaron a mí para traducir todo. Al explicarme lo que quería y casi sin pensarlo, le dije que mi familia estaría dispuesta a ser la elegida. –Alex, que apenas dice nada, asiente con una sonrisa– Tuvimos que esperar unos días más hasta que Romualdo Coderch y Rafa vinieron a recogernos no sin antes negociar con Cruz Roja nuestra salida, ya que nos dijeron que no tendríamos parte de su protección al perder su control sobre nosotros. Creo que ahí nos arriesgamos, pues la Cruz Roja era una garantía mientras que la opción de Alcoy parecía arriesgada. Entendieron nuestro problema y para disipar nuestras dudas nos pusieron en contacto telefónico con los Verbnyi, una familia ucraniana que ya estaba bajo el cuidado de Tareg. Afortunadamente todo se solucionó –aquí vuelve a emocionarse y sus palabras se entrecortan– y en esta maravillosa ciudad empezó nuestra actual vida en la que somos muy felices”.
– ¿Y una vez en Alcoy? le pregunto. “Tareg nos alojó en un piso precioso y grande, justo frente a la iglesia de San Roque, que pertenecía a unos de sus asociados, Lurdes y Agustin y que además hablaban un poco de inglés. Allí empezamos a vivir bajo la tutela y cuidado de esta maravillosa asociación que se preocupó de solucionar todos los problemas que tuvimos, como la inclusión en la Seguridad Social, alta en el padrón municipal y sobre todo de matricular a las niñas en el colegio San Roque, a un minuto de casa. Se ocuparon también de informar al Ayuntamiento y Cruz Roja sobre nuestro caso y de gestionar las ayudas que pudimos necesitar. Sólo nos pusieron una condición: durante los primeros seis meses absolutamente todos nuestros gastos, necesidades, etc. irían por cuenta de Tareg. Después seríamos considerados una familia más de Alcoy por lo que tendríamos que procurar nuestro sustento”.
>>Puede leer el reportaje completo en El Nostre del 20 de marzo de 2026.
