Amor, verdad y compasión

En los últimos tiempos parece que el mundo vive sumido en un clima de creciente confusión. Las injusticias, los conflictos y las desigualdades que vemos cada día nos recuerdan la fragilidad humana y la necesidad profunda de encontrar sentido y orientación. Muchas mañanas comenzamos el día con la incertidumbre de qué nueva tragedia o barbarie aparecerá en las noticias. El desconcierto que antes parecía algo excepcional se ha convertido casi en un estado permanente.

Sin embargo, en medio de ese ruido ensordecedor también aparecen pequeñas voces que invitan a la esperanza. Algunas de esas voces llegan incluso desde el ámbito cultural y artístico.

Recientemente el grupo musical U2 sorprendió con la canción Song of Asc, en la que aborda de forma directa el sufrimiento provocado por la violencia y la opresión en lugares como Ucrania, Irán, Gaza, Sudán, Nigeria, Somalia, Venezuela, Colombia y, desgraciadamente, un larguísimo etcétera. A través de su música denuncian las injusticias y recuerdan que la defensa de la dignidad humana es una tarea urgente. En ese sentido, el arte puede convertirse también en una forma de oración abierta al mundo, capaz de despertar la conciencia y de alimentar la solidaridad. También Bruce Springsteen, con su canción Land of Hope and Dreams, llena de simbolismo: un tren en el que nadie queda atrás, donde los sueños y esperanzas tienen cabida para todos. A banda de la política, el mensaje apunta a caminar juntos, apoyarnos mutuamente y tener una luz de esperanza cuando el mundo está a oscuras. Pero ante estas visiones también aparecen críticas hacia la fe. Hace pocos días, durante la gala de los Premios Goya, la actriz y presentadora Silvia Abril expresó públicamente su preocupación por el acercamiento de los jóvenes a la fe cristiana, llegando a afirmar que le entristece que busquen respuesta en ella.

Ante comentarios como este, conviene recordar tranquilamente que la fe cristiana es mucho más que una etiqueta cultural o una simple práctica religiosa. Para muchos creyentes es una experiencia real y profunda que da sentido a la vida y yo puedo dar fe de ello. Vivir el cristianismo no significa encerrarse en una iglesia ni imponer nada a nadie, sino intentar responder al desorden del mundo con esperanza, con amor y con un compromiso sincero con la justicia.

Ser cristiano no consiste sólo en declararse creyente, sino en procurar que el bien, la verdad y la compasión tengan la última palabra en la vida cotidiana. Tal vez por eso resulta doloroso cuando la fe en Jesús se reduce a la caricatura o a un simple prejuicio. Para los que la vivimos, es un encuentro personal y transformador, no es una evasión de la realidad, es una motivación para vivir, servir y dar sentido a nuestra propia existencia.

En un mundo que a menudo parece dominado por el caos, muchos encuentran en la fe una fuente de libertad interior y esperanza. No en el poder y la fuerza, sino en la convicción de que el amor, la verdad y la compasión pueden seguir iluminando el camino del ser humano.

Ser cristiano tampoco significa despreciar o atacar a quien piensa diferente; al contrario, implica defender a los más vulnerables, respetar a los demás y mantener la mirada en algo más grande que uno mismo, incluso cuando parece que todo se tambalea.

No olvidemos que, como dice la Biblia en Juan 3:17, “Dios no envió a su hijo a condenar al mundo, sino a que se salvara creyendo en Él”.

Quizá ahí resida una revolución silenciosa de nuestro tiempo, que en medio de tanto desorden del mundo, de la sociedad, de la familia e incluso en la propia vida, siga habiendo personas que encuentran en la fe una luz capaz de orientar su camino y dar profundidad a su existencia.

Entramos en el tiempo de Semana Santa y en Alcoy los cristianos, cada uno a su manera, celebramos con pasión la muerte y resurrección de Jesucristo.

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