Mi nueva vida con Cayetana
No fue un flechazo, ni un amor de película. Más bien fue un mal trago, pese a las buenas gestiones mediadoras de las santas celestinas Nieves Pérez y Vanesa Egea. Pero asumir que Cayetana va a vivir conmigo, inseparable, hasta el último día de mi vida, ha hecho posible aquello de que con el roce llega el cariño. Y aquí me tienen, viviendo a trompicones mi nueva relación de pareja con Cayetana, ayudado, sin soltarle la mano ni perder su mirada, por mi salvavidas conyugal. Rosana siempre está ahí, insustituible, participando en este trío surrealista que formamos con Cayetana y aprendiendo en esta nueva etapa en la que estamos reinventando todo lo cotidiano.
La historia comenzó hace ocho meses, después de secarme torpemente el jarro de agua fría que te dejan caer, como si fuera el chorro del Salt, los resultados de una colonoscopia. No uno, sino dos cánceres, que obligan a jubilar al colon y habilitar, durante seis meses, primero una ileostomía provisional, cabrona pérfida donde las haya, y, desde hace dos meses, una princesa colostomía, permanente, amable y sensible, aunque muy independiente y autónoma, ajena a lo políticamente correcto, capaz de sacarte los colores en un ascensor compartido con sonidos de los que no puedes esconderte.
Lo primero fue ponerle nombre propio a esa fémina que me acompaña, disimuladamente, en mi abdomen, bajo el manto de una bolsa de la que ya he aprendido a no avergonzarme. Y consensuadamente con mi santa, que la conoce ya, por el trato, mucho mejor que yo mismo, la bautizamos con el nombre de Cayetana. Nuestra Cayetana.
Y ahí está, con vida propia, su personal nombre de pila (más humano que el de colostomía o estoma), renovando mi relación con la escatología y sumergiéndome en nuevos vocabularios y problemas domésticos que ayudan, a mejorar mi calidad de vida, en el tránsito hacia la plena conciencia de ser un superviviente, privilegiado, como tantas veces me recuerda Ximo Llorens. Sin ella no estaría escribiendo hoy estas líneas y sería solo un recuerdo en la nómina de los ausentes.
Nieves Pérez, la cirujana, y Vanesa Egea, la estomaterapeuta, son las hadas que nos ayudan aquí, en Alcoy, a no sentirnos solos ni abandonados, ni tampoco extraterrestres, en lo que parecía un angosto callejón. Y sabemos que no somos únicos, que somos muchos más de los que imaginamos; por eso el Hospital Universitario del Vinalopó, en Elche, y el Colegio de Enfermería de Alicante, han creado sus escuelas para familiares y personas ostomizadas. Y en Alcoy se logró, hace ya tiempo, instalar el primer aseo para ostomizados de la provincia, ubicado en la planta de consultas externas del Hospital Verge dels Lliris, un servicio que se podría extender a otros lugares públicos, de concurrencia, de la ciudad, para facilitar el día a día de quienes han tenido que jubilar su colón o verse en circunstancias médicas que derivaron en ostomías.
En el lenguaje ostomizado se habla de cuando el estoma “está productivo”, o sea que dice allá va o cuando se hincha como un globo, amarrado al suelo, con vocación aerostática. Inevitable echar de menos un aseo habilitado, para evitar malabarismos en minibaños en lo que parecen armarios empotrados al final de un pasillo. Seguro que en alguna que otra filà lo agradecerían algunos damnificados. O en el Centro Comercial Alzamora o en el Polideportivo. Según la IA que tengo a mano, el coste de un “ostobaño” suele estar en unos 2.600 euros y para ellos existen subvenciones. Aunque puede sonar a cachondeo plantear esta necesidad minoritaria en una ciudad en la que todavía no se ha resuelto, ni por aproximación, la falta de urinarios públicos.
Personajes como Fred Astaire, Franck Sinatra, Eisenhower o el papa Juan Pablo II, fueron sometidos a una colostomía. Me siento honrado de pertenecer a ese selecto club anónimo, de señores y señoras, con un extremo del intestino desviado al exterior, a través de la pared abdominal, para recoger las heces en una bolsa sujetada con adhesivos. Lo que en lenguaje directo sería que somos un club de gente con un ano abierto en la barriga que no controlas, libertino, y que se divierte yendo a la suya.
Ya ven, así es mi nueva vida con Cayetana. Mi gran aliada, indispensable, para seguir arañando días, sensaciones, alegrías, experiencias y novedades a lo que, después de 72 años, decida regalarme el destino, con 22 kilos menos de peso, perdidos con un método de adelgazamiento que no quisiera para nadie, ni para los dirigentes de VOX.
Gracias Cayetana.
RAMÓN CLIMENT. Periodista en reposo
