Paz, Justicia y compasión
Como cada año llega la Navidad, una época que ilumina nuestras calles, nuestros hogares y, si nos dejamos, también nuestro ánimo. Es ese tiempo en que los pequeños sueñan más fuerte y los mayores volvemos a mirar al mundo con ojos de niños. Pensamos en luces, regalos, reencuentros familiares, cenas abundantes, turrones, villancicos, brindis y un sinfín de tradiciones que forman parte de nuestra forma de vivir estas fiestas.
Pero entre tanta prisas, compras y celebraciones, a veces olvidamos lo esencial: el porqué de todo esto. La Navidad conmemora el nacimiento de un Niño que, aun llegando al mundo en la mayor de la pobreza, cambió para siempre la historia de la humanidad. Un niño que, según la tradición cristiana, trajo un mensaje de esperanza tan poderoso que un cielo entero se abrió para anunciarlo, y una estrella misteriosa guió a quienes fueron a adorarlo.
Su vida rompió expectativas: no tuvo riquezas ni poder, no levantó edificios ni escribió libros. Sin embargo, sus palabras han atravesado siglos, culturas y fronteras. Alimentó multitudes, calmó tormenta y enseñó que la verdadera grandeza no está en lo que uno posee, sino en lo que ofrece. Su muerte, injusta y dolorosa, marcó un antes y un después para millones de personas que vieron en ella el acto definitivo de amor y redención.
Han pasado más de dos mil años y todavía hoy su figura sigue siendo el eje de la fe cristiana y una referencia moral incluso para quienes no la comparten plenamente. Su mensaje de paz, justicia y compasión continúa siendo tan necesario como entonces.
Por eso la Navidad es mucho más que luces, compras o festejos. Es una invitación a detenernos, agradecer, reconciliarnos, mirar a los demás con bondad y recordar que, aun entre dificultades, siempre hay un lugar para la esperanza.
Desde ese espíritu, y con el deseo sincero de que estas fiestas nos acerquen un poco más los unos a los otros, os envío de corazón:
¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo!