Tristes guerras

Siempre he pensado que la generación de nuestros padres fue muy heroica y ejemplar (me refiero a los que nacimos a mediados del siglo XX). Ellos tuvieron que vivir muchas circunstancias dramáticas y dolorosas derivadas de la Guerra Civil Española… y después, las duras consecuencias de la II Guerra Mundial. Su heroísmo no fue una actitud puntual, de un instante; sino que fue sostenido y perduró en el tiempo durante décadas. Prueba de ello es que una gran mayoría de esa generación educó a sus hijos desde la empatía, el respeto y la tolerancia, mantuvieron amigos de todos los colores políticos, venciendo a las dañinas intransigencias cerriles. Hubo incluso familias donde convivían hermanos, primos o amigos de colores ideológicos muy dispares…y se llevaban bien. En ocasiones, ahora, me pregunto: ¿hemos ido hacia adelante…o hacia atrás?

Leo diariamente la prensa y sigo las noticias, pues considero que es mi obligación estar informado. Aunque confieso que últimamente se me hace difícil mantener esa costumbre, por las barbaridades y desatinos que se producen en cualquier punto del globo terráqueo, de los cuales nos informan los medios de comunicación. Pensaba que algunas actitudes y hechos del pasado estaban ya definitivamente superados y no volverían a suceder…pero no; seguimos tropezando con las mismas piedras.

En el lenguaje popular se dice que la democracia es el sistema menos malo. Esa afirmación está fundamentada en una percepción que tuvo Winston Churchill (1874-1965) y que hizo pública en un discurso ante la Cámara de los Comunes en 1947, diciendo: “la democracia es el peor sistema de gobierno, si se exceptúan todos los demás”; es decir, daba por sentado, que los demás sistemas son peores aún. Sin duda es cierto, se trata del sistema menos malo, pues está basado en el voto universal y el ejercicio de la libertad; pero tiene el riesgo nefasto de la posible manipulación del electorado, si el ciudadano no posee una sólida formación, información y cultura. Viendo y oyendo algunas declaraciones actuales de mandatarios de importantes naciones, al observar su histriónico, poco respetuoso y hasta burlesco lenguaje gestual. Se nos puede caer el ánimo y el alma a los pies, con algunas de sus afirmaciones o actuaciones; pero lo cierto es que –aunque es evidente que son líderes que no dan la talla– fueron elegidos por la mayoría de sus conciudadanos en unas elecciones. Permítaseme hacer uso del bilingüismo y con un guiño expresivo, decir: “¡en bones mans està el pandero!”.

Las guerras de Irak (2003), de Ucrania (2022) y ahora de Irán (2026) nos muestran geográficamente distintos teatros de operaciones, pero esencialmente constituyen diferentes episodios de una misma y terrible representación teatral bélica; pues, los lugares de los hechos y los actores son distintos; pero los patrones de conducta de quienes las provocaron son muy similares y reiterativos.

Frecuentemente me viene a la mente el poeta oriolano Miguel Hernández (1910-1942). Él fue testigo de la Guerra Civil Española y de sus horrores, por eso plasmó en sus versos, de manera muy certera, las percepciones y sensaciones que muchos intuimos ahora cuando nos informamos de las noticias recientes de ámbito nacional, europeo o mundial. Tal vez tendríamos todos que releer al poeta cuando cita a las guerras, a las armas y a los hombres; para impregnarnos de su filosofía y exclamar citándolo:

“Tristes guerras si no es amor la empresa. Tristes, tristes.
Tristes armas si no son las palabras. Tristes, tristes.
Tristes hombres si no mueren de amores. Tristes, tristes”.

JORGE DOMÉNECH. Exprofesor de la Universidad de Alicante y escritor