Trump, payaso y rey a la vez
¿Qué pasa cuando el bufón de la corte quiere ser el rey? Se rompe el tablero de juego. No soy de izquierdas ni de derechas, como catedrático de filosofía hace tiempo que no creo en democracias ni sistemas políticos ni ideologías, intento no ser muy adepto de ningún -ismo. Amo a Cristo pero no comulgo con la Iglesia ni el cristianismo, me encanta Buda pero no practico el budismo, ni capitalismo ni socialismo ni totalitarismo, ni machismo ni feminismo, ni humanismo ni transhumanismo tecnológico ni cientificismo materialista ni veganismo ético ni ambiental. Y es que hace tiempo me di cuenta del largo trecho que hay entre el dicho y el hecho, entre la filosofía de un libro de texto y la sabiduría de la vida cotidiana. Y aunque las palabras hagan cosas, una cosa es la teoría y otra muy distinta la práctica. Como amante de la filosofía tomo como muestra los botones ejemplares que no quisieron seguidores ni dejar escuela, la mayoría de ellos no son conocidos, pero algunos pocos de esos sabios sí que han trascendido y siguen siendo referentes edificantes en el propio camino del autoconocimiento por sus palabras y, sobre todo, por su obras y sus actos. Por sus frutos los reconoceréis, dijo uno de ellos tiempo ha. Donal Trump no es uno de ellos, desde luego, representa otra cosa muy distinta al arquetipo ideal del rey sabio. Pero lo que me sorprende, lo que provoca la chispa que enciende estas palabras, es cómo tanta gente, tanto inculta como inteligente, muchos de derecha, más o menos extrema, y otros muchos también intelectuales brillantes y disidentes, vean a este grotesco y patético personaje con discreta simpatía o tácito agrado, e incluso algunos muchos con la admiración de un héroe liberador en estos tiempos tan inciertos, un personaje para bien y para mal tan necesario en la trama que si no existiera habría que inventarlo…
Como estudiante de astrología, he seguido la luz de esa pequeña llama y le he echado un vistazo a la carta natal de Donald Trump. Confirmado: Trump es un payaso loco y colgado. El arquetipo de bufón que monta el show porque el espectáculo debe continuar encaja a la perfección con el personaje de Donald Trump con su ascendente en Leo, el “yo soy”, donde también está Marte, su guerrero. Trump necesita aplauso, foco, escenario, no es payaso por torpeza pues no entra en un espacio sin subrayarlo a su manera. Cada palabra suya es una actuación, cada gesto, teatro, y arma el circo cuando no le hacen caso. Pero este arquetipo de líder-bufón no es el error de un sistema podrido, es su producto más coherente y elaborado. Trump representa lo más vil y putrefacto de este sistema en el final de su decadencia. Primero provoca entre risa y perplejidad, la risa no se toma en serio y bajo una sonrisa la amenaza es menos grave, más tranquila. Luego convierte sus caprichos y excesos en caricaturas de sí mismo que el resto tiene que seguir o imitar, su peinado leonino se convierte en un meme viral mundial. Pero Trump se presenta y se vende como bufón y emperador al mismo tiempo, y ese es el problema, que no puedes encarnar esas dos cartas bien a la vez en el mismo juego. Sus payasadas se vuelven alianzas políticas forzadas, su espectáculo, negocio rentable y obligado. Con su Leo en sombra, exaltado y desequilibrado, Trump justifica su circo excéntrico apelando directamente a la amenaza y al miedo, la razón se la pela, no busca la paz y el consenso sino lo lucrativo de la división, la separación y la guerra. Su poder no quiere ser justo como el del rey sabio, sólo práctico y eficaz y, por supuesto, que nadie le diga que es egoísta e interesado. Pues cuando se disgusta por algo o le llevan la contraria, el niño lo tiene aún más claro, esperpentos y rabietas; para el resto, problemas y llantos. Por eso mejor callar y pasar por aranceles y aros… qué patético espectáculo! La estrategia es simple: Trump primero amenaza y delega el juicio, y luego denuncia sus posibles efectos cual Maquiavelo indignado. El error es antiguo y el personaje de manual. Y el mundo entero bailando el agua a este chaval…
La filósofa Hannah Arendt advirtió que el verdadero daño no suele nacer del fanatismo, sino de la ausencia de pensamiento crítico. Con Trump, pensar por uno mismo está prohibido, el pensamiento crítico molesta y estorba, y si algún pensamiento diferente al suyo le provoca, reaccionar con fuerza y gracia a él le basta y sobra. Es evidente el narcisismo ególatra y la banalidad del mal de Trump, su paranoia sociópata y su sadismo, por el placer derivado de la destrucción de los adversarios y del advenimiento del caos, haciendo confundir a ovejas y pastores sus victorias personales con el interés general. Cuando personajes payasos como éste ascienden al poder más elevado, cuando el bufón zumbado quiere ocupar el puesto de rey César, la farsa del clown deja de ser anécdota y se convierte en estructura y emblema. Trump invierte valores y términos, llama a la paz guerra, toma el combate como espectáculo a lucrar, cómodo en la hipérbole no discute para ganar, lo hace para humillar, necesita vencer públicamente por su sadismo y su ansia de reconocimiento social, de ahí los apodos, burlas y ataques, todo muy infantil pero a la vez en él eficaz. No importa quién esté delante, su Marte en Leo pelea siempre con la corona puesta. Trump petrifica lo que toca, empobrece la moral e invierte el lenguaje. Su objetivo es simple: polarizar haciendo de la guerra norma y de sus antojos negocios con la excusa ideal de la paz y la seguridad. Y luego cuando no le reconocen y lo alaban, cuando por ejemplo no le dan el Nobel de la Paz, se enfada como un chiquillo y la vuelve a armar. Al final se le perdona todo para que no se enfade como a un niño malcriado, qué mala educación estamos dando…
El individuo Donald Trump parece estar ya disuelto en su símbolo mediático, perdido en el egregor tóxico de la personalidad de su avatar. En fin, allá él. Lo peor es que no importa tanto lo que hace o no hace este payaso venido a más, sino el ideal distorsionado y mal encarnado que representa para tanta gente. Cuando de la política sólo queda el circo y el espectáculo, cuando el bufón es aplaudido hasta convertirse en rey solo queda la polarización más extrema: admiración ciega u odio visceral. Y eso es el mal, la ilusión de la separación, nada más. Con Trump el fanatismo y el asco van a la par. El problema, al final, no es tanto el personaje mediático que ocupa el centro del escenario mundial, el bufón empoderado que convierte la farsa en método sistemático, sino la connivencia y el aplauso que lo hizo posible, tú querido lector que sigues leyendo esto: ningún espectáculo vive mucho sin la atención de un público.
Esta es la función simbólica principal de ese personaje llamado Trump: crear polaridad, dividir, separar. Su Sol en Géminis muestra comunicación ambigua y dual, usando el lenguaje de forma superficial y cambiante para dar entretenimiento y confusión por igual. Lo que quiere es llamar la atención, como el niño herido que de pequeño no sintió mucho cariño. Su Luna en Sagitario muestra una lengua rápida y sin filtros, aquel que habla sin pensar y luego defiende lo dicho con la emoción impulsiva del “yo digo lo que nadie se atreve y ya está”. Exageración, dogma y cero autocrítica en esta parte es su sombra. Su Mercurio es fuerte pero primario, por eso su comunicación es tan simple y vulgar, repetitiva y martilleante. Frases cortas para titulares, eslóganes de blanco o negro, no busca profundidad sino impactar en la memoria emocional de los demás, bueno para seducir al hombre-masa, nefasto para la diplomacia. Con su Urano prominente, Trump usa el caos como herramienta de trabajo, rompe normas y tratados, y acuerda otros a su gusto y antojo, pone aranceles y los quita, invade países y los libera, los ataca y los defiende, todo a la vez y en todas partes: vorágine total. Es el arquetipo del que rompe y divide para revelar algo profundo a través de la destrucción y el caos, por eso cuando todo arde, él sonríe. No es de extrañar que para algunos Trump (“trompeta” en inglés) sea el “trompetero” del Apocalipsis, un líder elegido por Dios para restaurar los verdaderos valores tradicionales antes de la llegada de la BestIA y del Juicio Final. En fin, Trump es un personaje que esté actuando bien como payaso pero muy mal como sabio gobernante porque su función arquetípica no es construir nada ni la unidad sino simplemente sacudir lo que hay: entretener, provocar, polarizar, desestabilizar, algo necesario en estos momentos de transición hacia una nueva humanidad. Por eso, cuando este líder-bufón lo hace mal y no tiene gracia, la gente se ríe igual, y cuando cae, es empujado hacia arriba casi con una fuerza divina sobrenatural. No es sólo marketing personal, es egregor y proyección colectiva, títere de lo que requiere el momento actual.
En fin, para no alargarlo más, el personaje que interpreta Trump es a la vez síntoma, cura y enfermedad de un sistema doliente y a punto de agonizar. Las fallas y grietas del sistema actual son los estertores del moribundo en el tramo final. A través de ellos, casi todos los días, se muestra la burla soez a la vida que supone lo grotesco del espectáculo que representa el personaje de Donald Trump. Y es que, por simplificar, el mensaje es que no puedes ser payaso loco y sabio rey a la vez, al menos en una misma tirada. Una y otra y otra vez la misma historia se repite, primero como drama y tragedia, después como enredo y comedia, en este caso mala. Y la gente sigue queriendo ir al cine a verla… Yo no pagaré esta entrada.
Alejandro Roselló Nadal, catedrático de filosofía del IES Cotes Baixes (Alcoy)