Una barra que unió generaciones
Tras medio siglo en la hostelería, Jorge Rojo se ha jubilado. El martes de la semana pasada sirvió sus últimas copas en el Lemnos, un local histórico en el barrio de Santa Rosa
Tras medio siglo al otro lado de la barra, Jorge Rojo Chagas sirvió el martes de la semana pasada las últimas cervezas y copas de su vida. No fue un día cualquiera: era su cumpleaños y cumplía 65, la edad que se había marcado para bajar definitivamente la persiana del negocio que abrió hace más de cuatro décadas. Una despedida a su manera, discreta, trabajando hasta el último minuto.
Seguramente podría haber seguido algún tiempo más. La hostelería no solo ha sido su oficio, también su manera de estar en el mundo. “Me ha gustado esta profesión. Es muy sacrificada, tiene sus inconvenientes, pero ha valido la pena”, afirma con esa mezcla de serenidad y convicción que solo dan los años.
Por el pub Lemnos —bautizado así por una isla griega— ha pasado medio Alcoy. O quizá más. “He visto pasar tres generaciones”, dice con una sonrisa. No exagera. Un día, uno de sus nietos le contó que los padres de un compañero de clase se habían conocido allí. Como ellos, muchas parejas, grupos de amigos y familias han escrito parte de su historia entre esas paredes. Hubo épocas de auténtica locura, como aquella fiebre de los chupitos en la que llegaron a servir hasta 120 litros de vodka en un fin de semana.
A los habituales los llama por su nombre. Más que clientes, son amigos. Jorge abrió el Lemnos siendo muy joven, en 1985, y el local apenas ha cambiado desde entonces. Tampoco lo ha necesitado. Lo importante siempre fue la gente: quienes acudían a tomar algo, a reírse, a compartir confidencias. Y allí estaba él, atento, discreto, siempre pendiente de que todo funcionara. “Tengo clientes que vienen todas las semanas. Y así ha sido hasta el último día”.
La noche no siempre es sencilla. “Hay momentos complicados y, en ocasiones, he tenido que invitar a alguien a marcharse. He intentado que no hubiese problemas y que la gente estuviese a gusto”. Ese ha sido su lema no escrito durante 41 años.
El sábado anterior a su jubilación organizó una fiesta de despedida. El Lemnos se quedó pequeño. “No se podía entrar. Vino muchísima gente. Fue muy emotivo. Incluso me hicieron regalos”, recuerda aún sorprendido y agradecido. Fue la prueba más clara de que su barra ha sido, durante décadas, un punto de encuentro para toda una ciudad.
Durante muchos años compartió el trabajo con su hermana María, fallecida el pasado marzo. Al recordarla, la voz se le quiebra. “Me hubiese gustado tenerla a mi lado. Era una currante nata”. El Lemnos también lleva su huella.
El martes, mientras recibía abrazos y felicitaciones, Jorge intentaba imaginar cómo sería el día siguiente sin tener que levantar la persiana. “Voy a estar unos días tranquilo, descansando. Luego haré todas esas cosas que he ido dejando para la jubilación”. No pide grandes cosas: quiere viajar, recorrer los municipios del entorno, disfrutar de su gastronomía. “Por aquí se come muy bien”, apunta con esa sonrisa que le caracteriza.
Y, sobre todo, quiere dedicar más tiempo a Lola, su mujer, que ha convivido con los horarios interminables y las noches largas sin una queja. “Ha asumido con normalidad los inconvenientes de un trabajo que me tenía ocupado de lunes a sábado y me ha apoyado toda la vida”.
Desde el miércoles 11 de febrero, Jorge es un hombre felizmente jubilado. Pero en muchas historias, en muchas amistades y en no pocos amores, siempre quedará una barra y un nombre propio: el de Jorge, el del Lemnos.
