Y la cabalgata pasó…

Una cabalgata que se niega a rendirse, sin duda uno de los mejores retratos que de nuevo nos ha ofrecido nuestra ciudad. Ni la lluvia, ni el frío, ni las previsiones más adversas fueron capaces de apagar la ilusión de una ciudad que, una vez más, decidió anteponer la felicidad de los niños a cualquier otra consideración. La Cabalgata de Reyes volvió a salir a la calle protegiendo una vez más una tradición que suma más de un siglo de historia.

Y así se hizo. Lejos de la improvisación, la respuesta fue responsabilidad. Protocolos de seguridad activados, recorridos revisados, medidas excepcionales para garantizar que los pajes pudieran cumplir su misión sin riesgos innecesarios. Todo pensado para que la magia llegara a cada casa, incluso cuando las circunstancias obligaban a cambiar formas y ritmos. Esa es, quizá, una de las grandes lecciones de esta Cabalgata: la capacidad de conjugar emoción y rigor, ilusión y sentido común.

Durante unas horas, Alcoy volvió a ser el lugar donde todo parece posible. Donde los niños miran al cielo con la certeza de que los Reyes siempre llegan. Donde la ciudad se reconoce a sí misma en una tradición que no entiende de modas ni de calendarios turísticos. Pero cuando las luces se apagan y los caramelos desaparecen del asfalto mojado, aparece una pregunta incómoda que no deberíamos esquivar.

Porque la Cabalgata brilla, sí, pero lo hace en una ciudad que corre el riesgo de convertirse en un decorado. Apostamos por el sector servicios y el turismo, por los grandes eventos y las fechas señaladas, mientras el resto del año muchas persianas permanecen bajadas y demasiados jóvenes hacen las maletas.

Alcoy se llena para unas horas, pero se vacía de oportunidades para quienes mañana crecerán con el recuerdo de esta noche mágica.

Resulta paradójico esforzarnos tanto en proteger la ilusión infantil y, al mismo tiempo, ofrecer tan pocas certezas de futuro a esos mismos niños cuando crezcan. ¿Qué ciudad les espera más allá de la Cabalgata? ¿Una donde puedan quedarse, trabajar, construir un proyecto de vida? ¿O una ciudad dormitorio que se enciende en fiestas y se apaga el resto del año?

La Cabalgata de Alcoy es un ejemplo de lo que sabemos hacer bien cuando ponemos a las personas en el centro. Tal vez ha llegado el momento de aplicar esa misma filosofía al día después. De cuidar la ciudad con el mismo mimo con el que cuidamos esta noche. Porque la verdadera magia no está solo en hacer felices a los niños durante unas horas, sino en garantizar que tengan motivos para quedarse cuando ya no crean en los Reyes Magos, pero sigan creyendo en Alcoy.

JORDI PASCUAL. Periodista